sábado, 24 de diciembre de 2016

Segunda cita: Notas de un día

Segunda cita: Notas de un día:

Notas de un día

Hoy estuvimos en el ISRI, donde estudian los muchachos que serán diplomáticos. Me invitó Gerardo Hernández, que es vicerrector de ese centro de estudios. Tuve que ser un poco breve porque estamos en los preparativos del concierto de mañana en San Antonio. Pero fue muy gratificante una reunión con estudiantes universitarios que, por lo visto, son muy dinámicos y combativos. Este colectivo juvenil fue el primero en lanzarse a la calle el 25 de noviembre y avanzar hacia la  Universidad de La Habana, diciendo una consigna que prendió inicialmente en la Universidad y después en toda Cuba: Yo soy Fidel.
Antes de empezar tuve el gusto de compartir unos minutos con Danny Glover , su esposa y algunos otros amigos de Norteamérica, entre ellos un compañero (James Early) que conocí hace unos años en el  Museo Smithsonian de Washington. El hizo una anécdota que yo no recordaba: que allí, entre satélites y aviones, le había preguntado si tenían registrado al primer cosmonauta Latinoamericano y además descendiente de africanos: Arnaldo Tamayo. Para mi gusto este compañero me llevó hasta el sitio donde está la foto de Tamayo y se explica quien es.  La verdad es que me creció el aprecio por el Smithsonian, que ya lo tenía, cuando comprobé que nos hacía justicia.
Después, en el encuentro con los estudiantes, empecé con la primera canción que recuerdo haber escuchado cantar a mi abuela y a mi madre: El Colibrí. Años después, cuando ya me desenvolvía un poco con la guitarra, le agregué una armonía que me parecía correcta y con tal acompañamiento la canté infinidad de veces, primero en el ejército y después a mis amigos. Mi madre la cantaba conmigo y quienes la aprendieron, como Frank Fernández, asumieron aquella armonía como la natural. Tiempo después descubrí que en Nicaragua, Venezuela y otros países del Caribe había versiones parecidas del mismo texto, con pocas variantes. Siempre he pensado, aunque no tengo la evidencia, que se trató de un poema del siglo 19 que algún trovador musicó.
La segunda canción fue Historia de las sillas, una de las mías que distingo, entre otras razones porque la vida me demostró que lo que se me ocurrió hace tantos años era cierto. Todas las líneas de esa canción me han sucedido. Y sigo pensando que, a pesar de las tormentas y las soledades, vale la pena tener canción y compañía. Igualmente he seguido viendo que el devenir va mostrando una silla tras otra, hasta que la naturaleza te sienta en la última, pienses tú lo que pienses.
La tercera canción fue Tonada del albedrío, y la hice como la ideé, medio instrumental, aunque en este caso con solo mi guitarra.
Pregunté si querían alguna subversiva y, como noté un ambiente gustoso, la cuarta fue Viene la cosa, que me quedó aceptable. Lo digo porque desde que la hice he tenido alguna dificultad en cantar la melodía y a la vez puntear un contracanto, por supuesto sin abandonar la síncopa del bajo. Como muchas veces en la música, lo que hay es que no pensarlo sino hacerlo.
De pronto la tatagua fue la quinta, y me acordé que la puse aquí en el blog, en los días que la hice. Por cierto, entre el público estaban Arlen y Yamirys.
Pequeña serenata diurna, breve, como la versión original, fue la quinta canción. Y la sexta fue Ángel para un final, porque me la pidieron (y la tenía en dedos, ya que hoy la pasé con el cuarteto).
Al principio Gerardo nos puso a Danny y a mi un sello de lucha por Los Cinco que diseñó en la cárcel, cuando estaba en “el hueco”. Al final los estudiantes me dieron un diploma que celebra que siga siendo necio. El que pida más…

Son notas de un día --de un trovador, que es lo que soy.





La compañera de la derecha es Isabel Allende, Rectora del ISRI, y la joven creo que la presidenta de la FEU del centro.

Todas las fotos son de: Pepín, el Obrero.

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